T.O María José Orellana.

Constantemente leemos y observamos en los medios de comunicación, información sobre los “vínculos”, sobre la relevancia que tiene fomentar vínculos afectivos y de calidad, o sobre el “apego seguro” de los niños y niñas, entre otros conceptos que nos invitan a conocer y entender el estudio del desarrollo humano desde sus primeros años de vida y cómo las experiencias de esta etapa se vinculan con el desempeño y procesamiento durante la adultez.

Eso de que “nadie te enseña a ser padres” recobra sentido, sabemos que importante es el vínculo pero ¿Cómo crear ese vínculo afectivo potente con mis hijos/as? En diversos estudios y literatura se mencionan y describen estrategias para potenciar y desarrollar habilidades parentales que fortalezcan el vínculo con nuestros hijos, hoy hablaremos en torno a una estrategia: El espacio significativo vincular que otorga el juego compartido.

El juego es una ocupación en la vida de todo niño y niña; entendida como una actividad significativa, es el espacio para explorar, para crear, para poner a prueba patrones motrices, tales como movimientos de extremidades, posicionamiento, control motor y/o desarrollar estrategias cognitivas como, por ejemplo, la resolución de problemas, sociabilización, lenguaje y comunicación, flexibilidad mental, aumento de la autonomía y autoestima, reconocer sus emociones, entre tantas otras. Además de ser un espacio de desarrollo constante, el juego también es considerado como un espacio que le permite a los padres interactuar y generar espacios de interdependencia con sus hijos, potenciando el vínculo afectivo entre ellos. Para los niños, compartir una experiencia lúdica con personas con las cuales posee vínculos afectivos, promueve procesos de construcción psíquica relevantes, sobre todo aquellas que permiten la superposición de zonas de juego: las del niño y las de la otra persona. (Winnicott, 1969; Calzetta y Paolicchi, 2003). Este tipo de experiencias conlleva beneficios en el desarrollo de la autonomía y el respeto por el otro, que incluso son aprendizajes básicos para la convivencia en comunidad a lo largo de su vida.  

Diversos autores como Winnicott, Bowlby, Edwards, entre otros, refieren que cuando existe un apego temprano que le otorga contención y sostén al bebé, la etapa de juego espontáneo se fortalece, se crea una base segura desde la cual explorar el mundo. “Para que el jugar constituya una actividad saludable, es necesario hacer lugar a la creatividad, a la espontaneidad, a que el niño “se sorprenda a sí mismo”; porque si el adulto busca imponer sus ideales en el intercambio, se genera un juego de “acatamiento o aquiescencia que sólo redunda en empobrecimiento subjetivo” (Winnicott, 1971). De esta manera, se piensa que la aparición de la actividad lúdica en el niño está condicionada por el ejercicio de las funciones parentales así como por la conformación de vínculos de apego de tipo seguro.” (Paolicchi, G. et al. 2017).

Entonces desde lo concreto, ¿cómo le otorgamos más valor y calidad a los espacios de juego con nuestros hijos?

Comprender que el juego es parte de la rutina cotidiana de los niños, por lo que somos los adultos quienes podemos mostrarnos disponibles a incorporar el tiempo protegido de juego con nuestros hijos. Por ejemplo un espacio en los fines de semana para juegos en familia, o incorporarnos al tiempo de juego espontáneo individual, volviéndolo una oportunidad de juego compartido. A veces son los mismos niños quienes nos invitan a jugar, también podemos aprovechar estas instancias. Otra opción es volver una experiencia lúdica ciertas actividades que son parte de la rutina de los niños, por ejemplo, la hora de ir a dormir, el vestuario o la hora del baño.

Propiciamos comunicarnos durante la interacción en el juego, observamos atentamente a los ojos de los niños, gesticulamos, hablamos y escuchamos atentamente, porque en aquel espacio espontáneo todo cuenta. La empatía es clave en este proceso, reconocer las emociones de nuestros hijos cuando juegan, como las comunican y cómo es mi reacción frente a ellas. No todos los juegos saldrán a la perfección, la variabilidad permitirá fluir cada vez mejor, algunos juegos serán más competitivos que otros, lo importante es que el niño pueda explorar.

Es positivo si el juego se da además, en un espacio tranquilo, cálido y cómodo para todos. Resguardar que los juegos y juguetes sean apropiados para su edad.

Podemos demostrar nuestra disponibilidad al juego compartido cuando nos movemos en roles dentro de la dinámica de juego, siendo flexibles al relato de nuestro hijo, a ser pacientes y a acompañar empáticamente este proceso. No vinimos a jugar para mandar al niño desde la posición asimétrica que tengo como adulto, a criticar o corregir, sino que meramente ¡A disfrutar de jugar y compartir nuestro tiempo!

Iniciar y finalizar el juego comunicándonos, respetar el espacio de juego y sus tiempos. Por ejemplo, si estoy jugando y decido finalizar abruptamente el juego, me paro del espacio y me retiro sin explicarle nada a mi hijo, el niño no va a comprender rápidamente ni empatiza con nuestra salida abrupta, se creará un espacio de confusión y frustración, por lo que siempre es importante comunicarse con empatía.

Buscamos la Interdependencia: Además del tiempo de juego que nos otorgamos como padres con nuestros hijos, es idóneo que creemos la oportunidad de que los niños expandan su comunidad, con otros familiares, con amigos, con su entorno, articulando espacios de intercambios lúdicos creando aprendizajes de cooperatividad.